jueves, 13 de octubre de 2011

Sócrates

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Sócrates ha sido considerado un sabio por muchos estudiosos de cualquier época. William Bodri, en su libro «Sócrates y el camino hacia la iluminación» afirma que Sócrates fue muy probablemente un sabio iluminado, que experimentaba samadhis y en sus conversaciones hacía gala de una casi sobrenatural sabiduría. Frases como «Sólo sé que no sé nada» (la cual es una síntesis de lo que Sócrates dijo en numerosas ocasiones), o las del estilo de «Conócete a ti mismo» (este dicho no sólo era típico de Sócrates, sino que era una referencia general de la época, incluido también en el oráculo del templo de Delfos), «Sólo sé de amor», han quedado para la historia, pero lo importante de Sócrates no era ninguna frase grandilocuente, sino el aroma o brillo que traslucía en cualquier conversación cotidiana, su actitud, su manera de ser.

Solía caminar descalzo (y no por carecer de los medios para comprarse calzado), lo cual es solamente un ejemplo entre muchos de cómo vivía con simpleza, sin dejarse llevar por las pautas de la sociedad (al parecer tampoco tenía esclavos, otra costumbre que sí tenían la mayoría de ciudadanos atenienses, en la medida que podían permitírselo). No sólo miles de "renunciantes" han caminado descalzos a lo largo de la historia, sino también algunos sabios como Ramana Maharshi. Según un antiguo mito, Anteo recibía fuerzas de Gea (la Tierra) al caminar descalzo, por lo que Herakles (Hércules) para vencerle tuvo que sujetarlo elevándolo sobre los aires e impidiéndole contactar con la tierra. Caminar descalzo es un símbolo de la simpleza y de la no-separación: de no tratar de defenderse del mundo ("lo otro"), de confiar en la naturaleza. Incluso es bueno para masajear los pies jejeje...

Este post es casi anecdótico, para mencionar simplemente algunas anécdotas de los tiempos de guerra y su actitud de indiferencia hacia la muerte, así que quien quiera sondear directamente el tema puede leer el libro de William Bodri o, para una mayor profundidad, se puede acudir directamente a los clásicos que menciono abajo (para así acceder a la información sin opiniones intermedias, excepto el inevitable intermediario de turno que narra los hechos: Platón o Jenofonte) .

Lo que cito lo he copiado de: 1) Algunas de las cosas que dice Alcibíades sobre Sócrates en el diálogo platoniano llamado El banquete (Simposio), de donde copio algunos pasajes de la parte final. 2) Fragmentos del diálogo llamado Fedón (narra sus últimos días y su actitud hacia la muerte). 3) Algunos comentarios de William Bodri, del libro citado arriba. Como los comentarios de W. Bodri hacen referencia a parte de lo que dice Alcibíades, queda mejor entremezclarlos entre medio de las citas de Simposio (Banquete). Por eso, al final de cada cita indico de dónde la he sacado, para que no se confunda una con otra. Los paréntesis sin color, son míos:

Algunas anécdotas y comentarios de Alcibíades sobre Sócrates:

Anécdotas en la guerra:

Alcibíades: (...) Más tarde nos encontramos juntos en la expedición contra Potidea, donde fuimos compañeros de mesa. Allí veía a Sócrates descollando no solamente sobre mí, sino sobre todos por su paciencia para soportar las fatigas y penalidades. Si como suele ocurrir en campaña nos faltaban víveres, Sócrates soportaba el hambre y la sed mucho mejor que todos nosotros, y si teníamos abundancia, sabía disfrutar de ella mejor que los demás. Sin ser amigo de la bebida, bebía más que ningún otro si le obligaban y lo que va a sorprenderos es que nadie le ha visto embriagado (borracho), y de esto me figuro que muy pronto vais a tener la prueba. En aquel país es el invierno sumamente riguroso y el modo de resistir de Sócrates el frío era prodigioso. Cuando helaba más y nadie se atrevía a salir de sus alojamientos, o si salía era muy abrigado, bien calzado y los pies envueltos en fieltro o en pieles de oveja, no dejaba de entrar y salir con la misma capa que tenía la costumbre de llevar, y con los pies descalzos marchaba más cómodamente sobre el hielo que nosotros que íbamos bien calzados, tanto, que los soldados le miraban con malos ojos, creyendo que los desafiaba. Tal fue Sócrates entre las tropas.

Alcibíades: Pero ved lo que todavía hizo y soportó este hombre animoso durante esta misma expedición: el rasgo es digno de ser referido. Una mañana se le vio de pie entregado a una profunda meditación. No encontrando lo que buscaba no se marchó sino que continuó reflexionando en la misma postura. Era ya el mediodía; nuestra gente le observaba diciéndose extrañados unos a otros que Sócrates estaba desde muy temprano abstraído en sus pensamientos. Por fin, cuando ya había anochecido, los soldados jonios, después de haber cenado, armaron sus camas de campaña cerca de donde él se hallaba para dormir a la intemperie, porque entonces era verano, y observar al mismo tiempo si pasaría la noche en la misma actitud, y en efecto, continuó estando de pie hasta la salida del sol, cuando, después de haber hecho su plegaria al astro del día, se retiró. [Platón; Simposio (Banquete)]


William Bodri es de la opinión de que este tipo de aquietamientos que vivía Sócrates a menudo, eran probablemente samadhis. Dice también:

Además, cuenta Platón en varios lugares que Sócrates solía detenerse en cualquier parte y ensimismarse sin razón alguna; otra típica contemplación característica del samadhi. (Platón narra algún ejemplo en el que Sócrates por ejemplo se queda quieto en silencio en mitad de la calle, incluso durante horas, como cuando había sido invitado a casa de Agatón y se había quedado aquietado a poca distancia de la casa, completamente ensimismado; dicen que algo así le sucedía también a Ramakrishna entre otros).

A continuación voy a dar algunos ejemplos de diversos tipos de samadhi. En una ocasión, Sakhyamuni Buda entró en un tipo de estado especial cerca de un río. Cuando salió de su meditación se dio cuenta de que había cientos de pisadas y marcas de carros alrededor del lugar donde estaba sentado. Como Sócrates, que había practicado el samadhi estando de pie durante las guerras del Peloponeso, Buda se había olvidado de los sucesos externos que le rodeaban, aunque no cabía duda de que un ruidoso contingente había cruzado el río a su lado. Buda se olvidó completamente de los sucesos externos porque estaba en un estado especial de samadhi.

En el clásico chino Finger Pointing at the Moon se relata un caso similar: un estudiante de Zen fue enviado a recoger un melocotón para su profesor, pero tardaba en volver. Varias horas después sus compañeros finalmente le encontraron: estaba inmóvil, de pie junto a un melocotonero. Cuando le encontraron, sus manos aún estaban tocando las ramas del árbol. Había permanecido en una clase especial de samadhi durante todo el tiempo que estuvo ausente.

Finalmente, tenemos la famosa historia del maestro Zen iluminado Han-shan, que fue a visitar la casa del gobernador de P'ing-yang, que estaba de viaje cuando él llegó. Han-shan dijo: «Voy a descansar un rato», y se sentó a meditar. Estuvo meditando cinco días consecutivos sin moverse, a pesar de que los sirvientes de la casa intentaron despertarle en varias ocasiones. Transcurridos los cinco días, el gobernador regresó del viaje, tomó un gong y lo hizo sonar cerca del oído de Han-shan, con lo que el maestro finalmente salió del samadhi.

Algunos de los pasajes del Simposio y otros diálogos, cuando se comparan con casos similares de sabios realizados, indican que Sócrates podía olvidarse de su cuerpo y permanecer en contemplación silenciosa durante largos períodos de tiempo. [William Bodri]


Con respecto a la anécdota narrada por Alcibíades de que Sócrates andaba descalzo sin sentir el frío en la campaña de Potidea, William Bodri comenta:

En este caso, la aparente indiferencia de Sócrates al frío no sólo era cuestión de resistencia, porque el simple hecho de ignorar el frío no hubiera impedido la congelación o la hipotermia. (...)

Es interesante que el comportamiendo de Sócrates en Potidea tenga un paralelismo con la historia del maestro Zen iluminado Kao-feng Miao (alias el gato jejeje), que era famoso por llevar siempre puesta la misma túnica. El maestro Kao-feng nunca se abanicaba en verano ni encendía fuego en invierno. Vivía en la montaña, en una simple cabaña hecha de palos. Un invierno nevó tanto que la nieve enterró su cabaña, y bloqueó el camino hasta su puerta. Cuando dos semanas después la nieve se fundió, la gente se apresuró a buscar el cuerpo del maestro, porque suponían que estaba muerto. Cuando llegaron a su cabaña y limpiaron la nieve, descubrieron a Kao-feng sentado en samadhi.

Como Sócrates, el maestro Kao-feng era un individuo que podía permanecer indiferente al frío. [William Bodri]


Aunque William Bodri parece concederle bastante importancia a los samadhis y los siddhis (poderes como la resistencia al frío, etc), en general podemos decir que esos factores son anecdóticos y por eso me resultan más interesantes los fragmentos que narran las vivencias cotidianas de Sócrates, sin adornos "espectaculares". En cuanto a una sabia interpretación sobre los samadhis y los siddhis, se pueden sondear algunos posts del blog, por ejemplo: 1) Sobre los samadhis, el tercer fragmento de este post (Ramesh Balsekar): http://jugandoalegremente.blogspot.com/2011/10/tres-mini-fragmentos-de-ramesh-balsekar.html 2) Sobre Sidhis habló Ramana Maharshi algunas veces, por ejemplo copié algo aquí de Sivananda y de Ramana: http://jugandoalegremente.blogspot.com/2011/05/unas-citas-sobre-los-siddhis.html

Volvemos con Platón en el Simposio (Banquete):

Alcibíades (justo a continuación de la cita platoniana anterior): ¿Queréis saber cómo se conduce en los combates? Es una justicia que hay que rendirle todavía. Cuando tuvo lugar la batalla por la que los generales me concedieron también a mí el premio al valor, fue él quien me salvó la vida. Viéndome herido, no quiso abandonarme, y nos libró a mí y a mis armas de caer en manos del enemigo. Insistí entonces, Sócrates, cerca de los generales para que te adjudicaran el premio al valor, y éste es un hecho que no podrás discutirme ni tratar de mentira; pero los generales, por consideración a mi categoría, quisieron otorgarme el premio y tú te mostraste más interesado que ellos en que me lo concedieran en perjuicio tuyo. La conducta de Sócrates, amigos míos, merece ser conocida también en la retirada de nuestro ejército después de la derrota de Delion. Yo estaba a caballo y él a pie y pesadamente armado. Nuestra gente comenzaba a huir en todas direcciones. Sócrates se retiraba con Laques. Los encontré y les dije que tuvieran ánimos, porque no les abandonaría. Entonces conocí a Sócrates mejor aún que en Potidea, porque estando a caballo tenía menos que ocuparme de mi seguridad personal. Desde el primer momento me di cuenta de que Sócrates era mucho más animoso que Laques; vi también que allí, como en Atenas, marchaba arrogante y con desdeñoso mirar, para hablar como tú, Aristófanes. Miraba tranquilamente a los nuestros, lo mismo que al enemigo, y desde lejos se adivinaba en su continente que no se le acercarían impunemente. Y así se retiraron sanos y salvos él y su compañero, porque en la guerra no se ataca generalmente al que muestra tales disposiciones, sino más bien se persigue a los que huyen en desorden a toda la velocidad de sus piernas.

Otras anécdotas:

Alcibíades: Podía añadir en alabanza a Sócrates un gran número de hechos no menos admirables, pero que también pueden ser contados de otros. Pero lo que hace a Sócrates digno de particular admiración es no tener semejantes ni entre los antiguos ni entre los contemporáneos. Podría compararse, por ejemplo, a Aquiles con Brásidas o con tal otro, a Pericles con Néstor y Antenor, y hay otros personajes entre los cuales sería fácil establecer comparaciones. Pero no se encontrará ninguno entre los antiguos ni entre los modernos que se aproxime en nada a este hombre en sus discursos y en sus originalidades, a menos de compararle, como he hecho, a él y a sus discursos, no con los hombres sino con los silenos y los sátiros, porque me olvidé de deciros al empezar que sus discursos tienen también un perfecto parecido con los silenos: que se abren. En efecto, a pesar del deseo que se tiene de escuchar a Sócrates, lo que dice parece al principio completamente grotesco. Las expresiones de que reviste sus pensamientos son tan groseras como la piel de un impúdico sátiro; no os habla más que de burros de carga, herreros, zapateros y curtidores, y parece que expresa las mismas ideas en el mismo lenguaje una y otra vez, de manera que no es de extrañar que al ignorante y al tonto le entren ganas de reír. Pero que se abra ese discurso y examine su interior y se encontrará en seguida que está lleno de sentido, y después que es divino y que encierra las imágenes más nobles de la virtud; en una palabra, todo lo que debe tener presente ante los ojos el que quiera ser un hombre de bien.
[Platón; Simposio (Banquete)]

Unas páginas atrás, en el mismo diálogo, Alcibíades había comentado lo siguiente:

Alcibíades: Sócrates se asemeja a esos silenos que vemos expuestos en los estudios de los escultores, a los que los artistas representan con una flauta o con pitos en la mano; si separáis las dos piezas de que se componen estas estatuas, encontraréis en su interior la imagen de alguna divinidad. Digo en seguida que Sócrates se parece especialmente al Sátiro Marsias. En cuanto al exterior, no me negarás, Sócrates, el parecido, y en cuanto a lo demás, escucha lo que tengo que decir: ¿no eres un presumido burlón? Si lo niegas, traeré testigos. ¿No eres también un flautista y mucho más admirable que Marsias? (...) La única diferencia que hay en este asunto entre Marsias y tú, Sócrates, es que sin necesidad de instrumentos, con simples discursos, haces lo mismo que él. Otro que hable, aunque sea el más famoso orador, no nos causa, por decirlo así, ninguna impresión, pero que hables tú mismo o que otro repita tus discursos por poco versado que esté en el arte de la palabra, y todos los que escuchan, hombres, mujeres y adolescentes, se sienten impresionados y trastornados. (...) Cuando le escucho (a Sócrates) me late el corazón con más violencia que a los coribanes (sacerdotes de Cibeles que en las fiestas de esta diosa danzaban con movimientos descompuestos y extraordinarios al son de ciertos instrumentos); sus palabras me hacen derramar lágrimas y veo a numerosos oyentes experimentando las mismas emociones. (...)

Alcibíades: Tal es la impresión que produce en mí y en muchos otros también la flauta de este sátiro. (...) Nadie se podría imaginar hasta qué punto la desdeña (la belleza carnal) e igualmente a la riqueza y las otras ventajas que envidia el vulgo. Para Sócrates, carecen de todo valor, y a nosotros mismos nos considera como nada; su vida entera transcurre burlándose de todo el mundo y divirtiéndose en hacerle servir de juguete para distraerse. Pero cuando habla en serio y se abre, no sé si otros habrán visto las bellezas que guarda en su interior; yo sí las he visto y me han parecido tan divinas, tan grandes, tan preciosas y tan seductoras, que creo es imposible resistirse a Sócrates. (...)
[Platón; Simposio (Banquete)]

Y los siguientes fragmentos los extraigo del platoniano diálogo llamado Fedón, donde en las páginas finales queda reflejada su indiferencia hacia la muerte y su nobleza a la hora de considerar a todos, incluido su "verdugo". Las últimas conversaciones con sus seguidores fueron en ese contexto: en la cárcel. Es interesante resaltar que cuando se le condenó a muerte (condenado a beber el veneno de la cicuta), muchos atenienses esperaban que, como otros en circunstancias similares, huyera para evitar la muerte. Incluso sus seguidores le propusieron un plan de escape, que Sócrates rehusó sin dar tanta importancia a ese suceso llamado "muerte", en comparación con la importancia que daba a los buenos principios.

Momentos finales, anécdotas con la muerte:

El narrador principal, cuando no se indica el nombre, es Fedón:

Sócrates: Todo hombre, pues, que durante su vida renunció a la voluptuosidad y a los bienes del cuerpo, considerándolos como perniciosos y extraños, que no buscó más voluptuosidad que la que le proporciona la ciencia y adornó su alma, no con galas extrañas, sino con ornamentos que le son propios, como la templanza, la justicia, la fortaleza y la verdad, debe esperar tranquilamente la hora de su partida. (...) A mí me llega hoy el hado, como diría un poeta trágico, y ya es hora de ir al baño, porque me parece mejor no beber el veneno hasta después de haberme bañado, y además ahorraré así a las mujeres el trabajo de lavar un cadáver.

Critón: Bien está, Sócrates, pero ¿no tienes que hacernos a mí o a los otros ninguna recomendación referente a tus hijos o a algún asunto en que te pudiéramos servir?

Sócrates: Nada más, Critón, que lo que siempre os he recomendado: que tengáis cuidado con vosotros mismos, y con ello me haréis un favor, y también a mi familia y a vosotros mismos, aunque ahora nada me prometáis; porque si os abandonarais y no quisierais seguir los consejos que os he dado, de muy poco servirían todas las promesas y protestas que me hicierais hoy.

Critón: Haremos cuantos esfuerzos podamos para conducirnos así. Pero dinos, ¿cómo quieres que te enterremos?

Sócrates: Como se os ocurra, si es que lográis apoderaros de mí y no me escapo de vuestras manos.

Sin añadir una palabra más se levantó y pasó a una habitación inmediata para bañarse. (...) Cuando salió del baño le llevaron a sus hijos, porque tenía tres, dos muy niños y uno bastante grande, y al mismo tiempo entraron las mujeres de la familia. Las habló algún tiempo en presencia de Critón y dióles órdenes; después hizo que se retiraran las mujeres y los niños, y volvió a reunirse con nosotros. El Sol se acercaba ya a su ocaso, porque Sócrates había estado bastante tiempo en el baño. Al entrar se sentó sobre el borde de la cama sin tener tiempo de decirnos casi nada porque el servidor de los Once (el verdugo) entró a la vez y acercándose a él le dijo:

Verdugo: «Sócrates, no tendré que hacerte el mismo reproche que a los otros, porque en cuanto les advierto de la orden de los magistrados que es preciso beban el veneno, me increpan y me maldicen. Pero tú no eres como ellos; desde que entraste en la prisión te he encontrado el más firme, el más bondadoso y el mejor de cuantos aquí han estado presos, y estoy seguro de que a partir de este momento no me guardas ningún rencor; únicamente lo sentirás contra los que son causa de tu desgracia, y los conoces muy bien. Ya sabes, Sócrates, lo que he venido a anunciarte; adiós y procura soportar con ánimo viril lo que es inevitable».

Volvióse derramando lágrimas y se retiró. Sócrates le siguió con la mirada y le dijo:

Sócrates: También yo te digo adiós y haré lo que me dices.

Y dirigiéndose a nosotros dijo:

Sócrates: Ved qué honorabilidad la de este hombre y qué bondad: todo el tiempo que he pasado aquí ha estado visitándome constantemente; es el mejor de los hombres, y ahora llora por mí. Pero vamos, Critón, obedezcámosle con agrado. Que me traigan el veneno si está preparado, y si no que lo prepare él mismo.

Critón: Pero creo yo, Sócrates, que el Sol está todavía sobre los montes y aún no se ha puesto: sé que muchos no apuraron el veneno hasta mucho tiempo después de recibir la orden; que comieron y bebieron en abundancia, y que algunos hasta disfrutaron de sus amores; por esto no tengas prisa. Todavía tienes tiempo.

Sócrates: Los que hacen lo que dices, Critón, tienen sus razones; creen que es tiempo ganado, y yo tengo las mías para no hacerlo. Porque lo único que creo que ganaría retardando el beber la cicuta sería ponerme en ridículo ante mí mismo al verme tan apegado a la vida que quisiera economizarla cuando ya no tengo más. Así pues, Critón, haz lo que te digo y no me atormentes más.

Critón hizo una seña al esclavo que tenía cerca y que salió, volviendo un rato después con el que debía dar el veneno que llevaba preparado en una copa. Al verle entrar le dijo Sócrates:

Sócrates: Muy bien, amigo mío, pero ¿qué es lo que tengo que hacer? ¡Instrúyeme!

Verdugo: Pasearte cuando hayas bebido, y acercarte a tu lecho en cuanto notes que se te ponen pesadas las piernas.

Y al mismo tiempo le tendió la copa, que Sócrates cogió con la mayor calma, sin mostrar emoción, y sin cambiar de color ni de fisionomía, sino mirando al hombre tan firme y seguro de sí mismo como siempre. (...) Y arrimando la copa a los labios la apuró con una mansedumbre y tranquilidad admirables.

Hasta entonces habíamos tenido casi todos fuerza de voluntad para contener nuestras lágrimas, pero al verle beber, y después que hubo bebido, nos echamos a llorar como los otros. Yo (Fedón), a pesar de mis esfuerzos, lloré tanto, que no tuve más remedio que cubrirme con mi manto para desahogarme llorando, porque no lloraba por la desventura de Sócrates, sino por mi desgracia al pensar en el amigo que iba a perder. Critón empezó a llorar antes que yo y salió fuera, y Apolodoro, que desde el principio no había hecho más que llorar, empezó a gritar, lamentarse y sollozar de tal manera, que nos partía a todos el corazón, menos a Sócrates.

Sócrates: Pero ¿qué es esto, amigos míos? ¿A qué vienen esos llantos? Para no oír llorar a las mujeres y tener que reñirlas las mandé retirar, porque he oído decir que al morir sólo se deben pronunciar las palabras amables. Callad, pues, y demostrad más firmeza.

Estas palabras nos avergonzaron tanto, que contuvimos nuestros lloros. Sócrates, que continuaba paseándose, dijo al cabo de algún rato que notaba ya un gran peso en las piernas y se echó de espaldas en el lecho, como se le había indicado. Al mismo tiempo se le acercó el hombre que le había dado el tóxico, y después de haberle examinado un momento los pies y las piernas, le apretó con fuerza el pie y le preguntó si lo sentía; Sócrates contestó que no. En seguida le oprimió las piernas, y subiendo más las manos nos hizo ver que el cuerpo se helaba y tornaba rígido. Y tocándolo nos dijo que cuando el frío llegara al corazón nos abandonaría Sócrates. Ya tenía el abdomen helado; entonces se descubrió Sócrates, que se había cubierto el rostro, y dijo a Critón: «Debemos un gallo a Asclepio; no te olvides de pagar esta deuda». Fueron sus últimas palabras.

«Lo haré», respondió Critón; «pero piensa si no tienes nada más que decirme».

Pero a esta pregunta ya no respondió; un momento después se estremeció ligeramente. El hombre entonces le descubrió del todo; Sócrates tenía la mirada fija, y Critón al verlo le cerró piadosamente los ojos y la boca.

Éste fue, Equécrates, el fin de nuestro amigo, de quien podemos decir que ha sido el mejor de los mortales que hemos conocido en nuestro tiempo, y además el más sabio y el más justo de los hombres.
[Platón; Fedón]

Para saber más, se puede leer:

- Platón, Diálogos, especialmente Simposio (Banquete), en el cual Alcibíades relata las citas que he mencionado y comenta más cosas sobre Sócrates, aparte del interés del diálogo en sí, y también destacables probablemente los diálogos llamados Fedón (relata los últimos días, y la muerte de Sócrates) y Gorgias, entre otros.

- Platón, Apología de Sócrates.

- Jenofonte, que escribió otra buena Apología de Sócrates. También se le atribuye Recuerdos de Sócrates.

- William Bodri, autor de «Sócrates y el camino hacia la iluminación», que es un libro centrado en el tema de que Sócrates pudiera ser un sabio iluminado.

¡Saludos!
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1 comentario:

  1. Gracias por comaprtir información linda!!!

    Yo soy amor eterno
    Yo soy luz eterna
    Te amo

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