jueves, 29 de septiembre de 2011

¿No hay otra opción? ¿Seguro que es así?

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Seamos francos: ese tipo de actitudes son chorradas. Simples conjeturas, interpretaciones mentales sin gran valor. Aquí va un típico ejemplo:

«Tengo que hacer esto. No hay otra opción».

¡Ja!

No se lo cree ni tu ego. ¿Cómo que no hay otra opción? ¿Has probado cualquier alternativa?

No.

Pero uno va asustado, justificando el mirar esa sola dirección, justificándolo con más y más tonterías (conjeturas mentales sin ningún valor):

«Si dejase de hacerlo, todo iría mal».

¿Mal? ¿Tan mal que sea impensable poner a prueba esa sandez de asustadiza idea? ¡No seamos tan mentales! ¿Qué podría pasar que fuera tan malo? ¿Explotaría el universo? ¿Estallaría el planeta? ¿Se desvanecería el mundo?

«No tanto, pero podría ser que yo me muriera de hambre. O que me miraran mal. Así que estoy obligado a hacerlo. No me gusta hacer esto pero no tengo alternativa. No hay otra opción».

¡No me cuentes cuentos! Ese cuento ya está muy gastado. Engaña a otro con él, o sigue engañándote a ti mismo. ¿Te vas a morir de hambre? ¡Lo dices tan seguro! ¡¿Pero has puesto esta teoría a prueba alguna vez?! ¿Acaso sabes, siquiera, quién o qué eres?

En el fondo es miedo. Miedo a salirse del camino trillado. Esta actitud temerosa la retrató bien el refrán: «más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer».

Porque lo nuevo es desconocido... parece arriesgado...

Sin embargo, sólo los que se arriesgan, ganan...

Y ni siquiera es un riesgo... ni se gana realmente nada, ni podría perderse...

Nunca puede perderse nada realmente valioso.

Incluso... lo de morirse de hambre... ¡quizás en algún caso sea más divertido morirse de hambre que repetir por millonésima vez la misma pauta aburrida por los siglos de los siglos!

¿Por qué no jugar, alegremente?

Pase lo que pase... (¡no será para tanto!)

Y jugando, con la misma práctica de la espontaneidad imprevisible, la pregunta de «¿no hay otra opción?» se contestará por sí sola. No con palabras. Ni siquiera con «hechos». Sino con una infinita sonrisa en el corazón, expandiéndose en el eterno Momento infinito.

Sólo la felicidad es feliz.

No te obligues a nada. O vale, ¡oblígate si quieres!, pero no te engañes diciéndote: «no tengo otra opción». No ates la espontaneidad. Este Momento es recién nacido, libre (libre del pasado, del futuro, incluso libre del «presente»), espontáneo, ilimitado. Y la inspiración del Momento es libre. Hay la opción de abandonar todas las opciones y dejar que surja lo que tenga que surgir. No hay necesidad ni siquiera de controlarlo. Surge solo. ¡Hala, hala! ¡Juega, no juegues, da igual! ¡Como si sigues autoengañándote, da igual! La fruta ya ha caído del árbol, y está lista.

Puedes estar seguro de que cuando lo mandes todo a la mierda, no será mierda lo que encuentres. O sea: cuando te desprendas de todo, te encontrarás a Ti mismo.

En el fondo quizás es cierto que hay una única opción: ¿acaso no tenemos otra opción que Ser? ¿Hay otra opción que Ser lo que Uno Es? ¿Para qué complicar nada, entonces?

Sin embargo, ésa es una opción tan "abierta", tan espontáneamente libre, que no tiene sentido decirlo con palabras.

Cantemos una canción sin palabras. ¡Juguemos! ¡Bailemos! ¡Momento de reír!

¡Por qué no, qué importa jajajaja!
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