domingo, 11 de julio de 2010

Iluminación (por Adyashanti)

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Copio un fragmento del capítulo 19 ("iluminación") del libro La Danza del Vacío, de Adyashanti:

19

Iluminación

(...)

En zen decimos que «si te sientas y te quedas en silencio mirando una pared el tiempo suficiente, sucederá algo». Muchas personas lo han hecho y han tenido experiencias agradables: un estado de placer muy intenso durante unos minutos, quizá, o tal vez, con suerte, durante unas horas del retiro. Esta sensación puede durar sólo unos segundos, en una determinada meditación, justo antes de que la mente diga que «la libertad debe ser algo parecido a extender esta experiencia en el tiempo infinitamente».

Sin embargo, la experiencia de mi iluminación no fue lo que esperaba. Y jamás he conocido a nadie que dijera otra cosa después de despertar realmente a la Verdad. No he conocido nunca a alguien que me dijera: «Adya, la iluminación se parece mucho a lo que esperaba de ella». Lo que suelen decir es: «Es totalmente distinto de lo que esperaba. Y no se parece a ninguna de las experiencias espirituales que había tenido antes, ya fuesen experiencias de dicha, de amor, de unión con lo divino o de consciencia cósmica».

Como decimos en zen, una vez más, «si te sientas, te callas y te quedas mirando una pared el tiempo suficiente, experimentarás todas esas cosas». ¿Y sabes qué ocurre con esas experiencias? Pasan. Pero la mayoría de la gente que lo sabe finge no saberlo. Casi todo el mundo que ha atravesado una lista de experiencias espirituales sabe que ninguna ha durado porque, si lo hubiera hecho, no seguirían buscando otra experiencia más. Así que casi todos los que participan en el juego de la espiritualidad desde hace bastante tiempo saben que ninguna experiencia ha perdurado.

Nadie se quiere enfrentar a esto. Los estudiantes oirán cientos y cientos de veces que la iluminación no es una experiencia y seguirán diciendo al venir al satsang: «Adya, cuando me voy del satsang pierdo lo que consigo aquí». Y yo siempre respondo: «Por supuesto. Independientemente de la experiencia que obtengas, la perderás. Ésa es la naturaleza de la experiencia».

Si digo que la libertad es lo que viene para no marcharse suena bien, pero la mente sólo puede imaginar una experiencia inagotable que no venga para marcharse. Y entonces piensa: «Todavía no he encontrado la experiencia inagotable adecuada, la que no llega para desaparecer después. No he obtenido la experiencia correcta».

Por alguna razón, y no me doy ningún crédito por esto, cuando me senté a mirar la pared durante quince años, como estudiante zen, tuve varias experiencias. Algunas fueron experiencias kundalini explosivas para la mente, experiencias de unión mística, de dicha, de avalanchas de luz divina y de amor. Como la mayoría de las personas que se sientan frente a una pared, descubrí que estas experiencias no sucedían tan frecuentemente como me hubiese gustado, y tampoco duraban tanto tiempo. En determinados momentos del viaje solía pensar: «¡Es esto! ¡Esta experiencia es tan abrumadoramente agradable que tiene que ser esto!». Mi conciencia se expandía infinitamente y recibía más visiones de las que podía asimilar. Si deseas estas experiencias, existe una receta para conseguirlas: siéntate delante de una pared durante horas infinitas día tras día.

Pero yo recibí algo que, como entendí más tarde, resultó ser una increíble bendición: precisamente cuando tenía las experiencias más bellas e increíbles, cosa que no sucedía muy a menudo, aparecía siempre una molesta vocecilla que me decía: «Sigue adelante, ¡no es esto!». El resto de mi yo seguía pensando: «Por supuesto que es esto, pues todo el cuerpo y la mente me lo están diciendo. Todas las señales me dicen que es eso. El placer se ha hecho tan intenso que tiene que ser esto». Entonces aparecía la vocecilla y decía: «No te detengas aquí, no es esto».

Si hubiese podido, probablemente habría agarrado a esa vocecilla y la habría tirado por la ventana, pues me daba cuenta de que otras personas también tenían estas grandes realizaciones y al menos las disfrutaban por unos días, unas semanas, en algunos casos unos meses, y estaban convencidas de haberlo conseguido. Yo apenas conseguía disfrutar de una de estas realizaciones durante más de diez minutos. Eso no significa que se detuviese inmediatamente, pero mientras ocurría yo sabía, sin lugar a dudas, que no era eso, independientemente de cuál fuese la experiencia. Más tarde comprendí que esto había sido una enorme bendición, pues me sacó una y otra vez del lugar en el que probablemente hubiese querido quedarme.

Si te aferras a cualquier experiencia, en cuanto ésta pase experimentarás el sufrimiento. Lo sorprendente es que este sufrimiento no suele hacernos avanzar, sino que nos hace dar un giro de 180 grados para ver de nuevo la experiencia perdida. En muchos casos este sufrimiento es una completa pérdida de tiempo, pues no conseguimos aprender que la iluminación no es ninguna experiencia que aparece y desaparece, así que seguimos intentando repetirla o retenerla una y otra vez.

Si somos muy afortunados, sabremos de inmediato que si la experiencia desaparece eso no es la iluminación, o no haremos el giro de 180 grados cuando la experiencia se disuelva. Nos daremos cuenta de que, fuese la experiencia que fuese, no se trataba de la iluminación, pues todas esas experiencias me estaban sucediendo a mí, y todas las experiencias que me acontecen están ligadas al tiempo, lo que implica que aparecen y desaparecen. En mi caso, esto resultó ser una bendición, pues vi que cualquier experiencia que perdiera su momento cumbre no era la iluminación que yo estaba buscando. Acortó mucho mi viaje.

Cuando hablamos de la búsqueda de la iluminación, que es prácticamente la palabra más gastada del diccionario espiritual, en realidad estamos buscando la respuesta a la pregunta «¿cuál es la Verdad?». Esta pregunta es completamente distinta de esa otra que dice «¿cómo puedo obtener esta experiencia?» o «¿cómo puedo mantenerla?». Preguntar «¿cuál es la Verdad?» es un proyecto demoledor. La espiritualidad, en gran medida, es un proyecto constructor. Ascendemos y ascendemos: las ideas ascienden, la energía kundalini asciende, la conciencia asciende. Crece y crece y nosotros sentimos que cada vez somos mejores personas.

Pero la iluminación es un proyecto demoledor. Te enseña, simplemente, que nada de lo que creías es verdad. Todo lo que crees ser, con independencia de la imagen que tengas de ti (buena, mala o indiferente), es mentira. Independientemente de lo que pienses sobre Dios, nada es verdad. No puedes tener ningún pensamiento verdadero sobre Dios, así que todos tus pensamientos al respecto te muestran, precisamente, lo que el divino no es. Tus ideas sobre el mundo te muestran, precisamente, lo que el mundo no es. Lo que piensas de la iluminación te muestra, precisa y exactamente, lo que no es.

¿Lo ves? Se trata de eliminar. ¿Qué es lo que se elimina? Todo. Si no lo eliminas todo, no será realmente liberador. Si queda una sola cosa o un solo punto de vista sin eliminar, aún no estarás liberado.

Casi todos los seres humanos basan su vida en evitar la verdad. La verdad que evitamos es la Verdad del vacío. No queremos ver que no somos nada. No queremos ver que todo lo que creemos está equivocado. No queremos ver que todo lo que el mundo piensa es erróneo. No queremos ver que nuestro punto de vista es incorrecto y que no existe ningún punto de vista correcto. No queremos ver que todo lo que creemos de Dios es lo que Dios no es. No queremos ver lo que quiso decir el Buda con aquello de que no existía ningún yo.

Preferiríamos añadir una afirmación positiva. Así que en vez de ver que no existe ningún yo y que todo lo que la mente considera verdad, en último término, no es más que vacío, nuestra mente enseguida añade algo positivo, como «yo soy consciente» o «todo es dicha» o «Dios es amor». No queremos ver que el núcleo de nuestra existencia contiene un espacio vacío.


Adyashanti

De capítulos posteriores del mismo libro, extraigo tres fragmentos muy oportunos (los coloreo en color diferente):

La Tierra prometida está aquí. La eternidad está aquí. ¿Te has dado cuenta de que nunca has dejado de estar aquí, excepto en tu mente? Cuando te acuerdas del pasado, en realidad no estás en el pasado. Tu recuerdo está aconteciendo aquí. Cuando piensas en el futuro, la proyección del futuro está aquí. Y cuando llegas al futuro, el futuro está aquí; deja de estar en el futuro.

Para estar aquí, lo único que tienes que hacer es desprenderte de la idea que tienes de ti mismo. ¡Eso es todo! Y entonces te darás cuenta de que «aquí estoy». En el aquí no crees en los pensamientos. Cada vez que vienes aquí no eres nada. Una nada radiante. Un cero absoluto y eterno. El vacío que está despierto. El vacío que está lleno. El vacío que lo es todo.

Quieres varias cosas sólo porque no sabes quién eres. En cuanto regresas a ti mismo, a esa conciencia vacía, te das cuenta de que ya no quieres nada más porque eres lo que quieres.

No descubres una libertad que te haga decir: «He alcanzado la iluminación». La libertad te hace pensar: «Dios mío, aquí nadie necesita alcanzar la iluminación. Por tanto, nadie tiene que iluminarse». Ésa es la luz. El único que necesita iluminación, libertad, liberación y emancipación es el concepto del «yo». Cree que necesita encontrar a Dios, o conseguir un Ferrary; cuando lo entiendas te darás cuenta de que todo es igual. Pero en cuanto puedas ver más allá del concepto del yo y comprendas que no es más que actividad mental y nada más, comprenderás que nadie necesita alcanzar la iluminación.

Yo, yo, yo. Yo creo esto. Yo creo eso. Valgo la pena. Lo conseguí. No lo conseguí. Estoy iluminado. Lo perdí. Todo es materia mental. Nadie necesita alcanzar la iluminación, y nadie la pierde. Todo ha sido una ficción. ¿Has comparado alguna vez tu vida con una novela barata? Es como una serie de Nancy Drew: cuando contaba una historia y creías que el final estaba cerca, descubrías que la autora acababa de sacar otra historia, y en cuanto la terminabas salía otra nueva. Pero el autor nunca está dentro del libro. El autor no se hace visible nunca y siempre se queda fuera del libro.

La mente funciona igual. Después de muchas historias, el personaje de la mente dice: «Necesito iluminarme. Tengo que encontrar la fuente. Necesito encontrar a Dios. Tengo que liberarme. Necesito ir más allá de la vida y de la muerte». Y más tarde llega a comprender: «¡Vaya, ésa es la historia!», y se pregunta: «¿Y qué soy yo sin la historia?». Dejas a un lado el libro llamado «mi vida». Ves que no hay ninguna historia ni ningún yo. El yo es una historia. La totalidad de la historia surge espontáneamente de la nada, del espíritu, para que puedas disfrutarla. Existe para que tú la leas: para que te rías un poco, para que llores un poco, para que tengas altibajos, mentiras, muertes, amigos, enemigos, sin tomarla nunca en serio.

Si tienes experiencias espirituales, el argumento es estupendo. Aparecen en la mayoría de las novelas espirituales tituladas «mi vida». El personaje obtiene experiencias, se acerca a la iluminación, se aleja, encuentra la dicha y la vuelve a perder. Capítulo 22: «¡Una visión increíble!». Capítulo 23: «La pérdida total de la visión». Y sigue así. Si avanzas tres cuartas partes de la serie (como el alma avanzada, ¿verdad?), habrás asumido ya un papel espiritual. En los dos primeros libros eras simplemente una persona mundana. Como en la última serie te transformaste en un alma avanzada, ahora has pasado a ser un buscador espiritual. Debes de estar llegando a alguna parte. Eso es lo que hace el yo, ¿verdad? Busca la libertad dentro de la historia, hasta que se da cuenta de que el que está buscando la libertad no es más que otro personaje de la historia.

Y de repente: «¿Qué soy yo? ¿Quién soy yo sin ninguna historia?».


Adyashanti

La Verdad ama. No juzga. Sostiene en sus manos una gran espada y puede discernir implacablemente lo falso de lo verdadero, pero no guarda ningún rencor. Si no te estás diciendo la verdad, sufrirás. Si la verdad no fuese implacable, no aprenderías. La verdad no te da de comer con cuchara. Puedes elegir seguir sufriendo o vivir con autenticidad. Es así de simple.

Cuando te despiertes del todo a la Verdad, verás que has sido amado siempre, en todas las experiencias y en todas las circunstancias. Te llevarás una sorpresa al ver que existe un hilo de amor que atraviesa todos los momentos. Nunca hubo víctima alguna, ni por un solo instante. Y aunque pareciera doloroso, era sólo una espada feroz que te estaba mostrando la Verdad. Comprender esto nos cuesta mucho, pues acaba con cualquier resto de victimismo.


Adyashanti

Tú eres el Dharma. Tú eres la vida. Una flor y un árbol son meras expresiones de la vida. Y no podemos atraparla en esas expresiones. La vida seguirá ofreciendo sus expresiones. Así que todo esto sigue llegando, llegando, llegando, llegando, llegando. Viene de la nada, como la flor que mañana florece y que hoy ni siquiera está ahí. La vida se expresa en forma de flor, de ser humano, de visión y de pérdida de visión. Pero no se limita a esta expresión. Si el mundo entero desapareciese, no habría menos vida, sólo habría menos manifestaciones. La vida seguiría ahí. Tú seguirías ahí. Aunque lo convirtamos en un problema de concepto, cuando la tierra desaparezca la vida seguirá ahí. Mientras moría, Ramana Maharshi dijo a sus preocupados estudiantes: «Dicen que me estoy muriendo, pero ¿acaso puedo irme a alguna parte?». La flor podrá morir, pero la vida sigue bien, gracias. La expresión desaparece, las visiones desaparecen, las personalidades cambian, las creencias cambian. Tú permaneces.

Adyashanti

Como guinda final, copio de la lección 84 del Libro de Ejercicios de Un Curso de Milagros:

El Amor me creó a semejanza de Sí Mismo.

He sido creado a semejanza de mi Creador. No puedo sufrir, no puedo experimentar pérdidas y no puedo morir. No soy un cuerpo. Hoy quiero conocer mi realidad. No adoraré ídolos ni exaltaré el concepto que he forjado de mí mismo para reemplazar a mi Ser. He sido creado a semejanza de mi Creador. El Amor me creó a semejanza de Sí Mismo.


(Nota: como todos los textos de esta temática, debe captarse por medio de la intuición y no apegándonos a lo literal de las palabras. Por ejemplo, en el contexto de Un Curso de Milagros el verbo crear no significa una creación ligada al mundo ni al tiempo, sino que se trata de algo así como lo que podríamos llamar la expansión atemporal de la Fuente).

Post relacionado: http://jugandoalegremente.blogspot.com/2010/06/la-no-meditacion-reflexiones-sobre-la.html

¡Saludos!
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7 comentarios:

  1. Gracias elegirlo, teclearlo y compartirlo.
    Abrazo

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  2. Y a ti por comentarlo jejeje ;-)

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  3. Muchas gracias por su maravilloso blog. Gracias por el tiempo y el amor al compartir. Bendiciones

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    1. Gracias por comentar... y por ser. ¡Un abrazo!

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  4. Toni, no se si eres consciente que muchos leemos pero no comentamos, porque el agradecimiento es implicito. Ya tienes que saber que te agradecemos todos por el solo hecho de compartir. Gracias!

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    1. Es bueno saber que algunos posts resultan útiles o de interés jejeje. Gracias por tus visitas, y por el comentario en esta visita. Ante todo, gracias por ser.

      Un abrazo

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  5. Me uno al coro de los graciosos (agradecidos). Te ríes en "e", yo suelo reirme en "a": Ja, Ja, Ja. Muchas gracias por este estupendísimo lugar de encuentros.

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