sábado, 21 de enero de 2012

El comportamiento de los jñanis

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No hay reglas fijas, pues desde la Comprensión surge una espontaneidad que concuerda con lo que se requiere en cada situación. Para ilustrar este tema, copio las siguientes citas:

De «Padamalai»:

Las acciones de un jñani no necesitan conformarse a ningún plan ni esquema formulado por otras gentes. (Verso 19 de la sección «El jñani», página 167 en la versión publicada en la colección Ignitus, de la editorial Sanz y Torres)

Debajo del verso se explica:

Aunque los jñanis a menudo parecen actuar en respuesta a los deseos o súplicas de sus devotos, su comportamiento ocasionalmente puede parecer irracional. (...)

Más abajo, como ejemplo, se cita parte de un relato de Chalam, quien «describe algunos de los incidentes extraños e inexplicables que él contempló en presencia de Bhagavan» (Bhagavan Sri Ramana Maharshi):

Voy a ampliar la cita recurriendo al libro original citado: «El Poder de la Presencia» (subtitulado: "Reveladores encuentros con Ramana Maharshi"), volumen 1:

Para el jñani no existe un estándar de vida y tampoco existe un rasero por el que juzgarlo. Los jñanis suelen diferenciarse entre sí tanto por su forma de vida como por los tipos de sádhana que prescriben a sus devotos. Algunos de estos seres iluminados viven en la sociedad, establecen ashrams y forman a discípulos mientras que otros deambulan por la India sin asentarse en ningún sitio. Algunos cantan, discuten o imparten enseñanzas mientras que otros permanecen en silencio a perpetuidad. Algunos viven donde nadie los pueda ver mientras que otros tienen problemas con la gente corriente y son víctimas de su ira. Hasta entre los que imparten las mismas enseñanzas y se comportan de forma idéntica, algunos son venerados hasta el final de sus vidas mientras que otros solo reciben ignominia e insultos.

(...)

Digo todo esto simplemente para hacer hincapié en el hecho de que hay muchas cosas de la vida de Bhagavan que superan nuestra capacidad de comprensión. (...) Bhagavan hablaba y se comportaba según el estado de cada persona, la situación en la que esta se encontrara o lo que esta necesitara. Como nosotros no somos conscientes de todos esos factores, tampoco somos los más indicados para juzgarlos.

(...)

Su actitud con el ashram era extremadamente variable. Por lo general, apoyaba a Chinnasuami —el gerente del ashram— en todas las discusiones que tenía con los devotos: si estos le planteaban alguna queja con respecto a la dirección del ashram, él los criticaba por ello aunque el agravio pareciera legítimo. Sin embargo, Bhagavan reñía muchas veces a Chinnasuami por distintos fallos en la administración del ashram. Me contaron que, una vez, en los primeros años de existencia del ashram, hasta llegó a pegarle con un palo y, al parecer, le dio tan fuerte que el palo acabó rompiéndose. Por su parte, Chinnasuami evitaba, por todos los medios, estar en presencia de Bhagavan: sus esfuerzos por mantenerse lejos de su vista eran tan frecuentes y evidentes que daba la impresión de que era un fugitivo de la justicia. No obstante, aunque todo esto era de dominio público, Bhagavan siempre lo defendió delante de los demás y disuadía a los devotos de presentar quejas sobre él.


Mini-actualización: El protagonista del párrafo anterior, Chinnasuami, era hermano de Bhagavan Ramana Maharshi. La actitud de Ramana fue comprendida por una de sus grandísimas devotas, Akhilandamma, quien explicó así acerca de Bhagavan:


«Con una simple mirada llena de gracia, Bhagavan provocaba un proceso de maduración espiritual en todos aquellos que acudían a conocerlo; sin embargo, con su madre fue excepcionalmente estricto con el fin de acelerar ese proceso de maduración. En muchas ocasiones, reprendía a su madre y a su hermano echándoles una mirada severa, mostrándose enfadado o ignorándolos. Su propósito era ayudarlos a alcanzar un estado espiritual más elevado. Esto sucedía muy a menudo». (Fin de la mini-actualización)

(...)

Con frecuencia, la gente se postraba ante Bhagavan cuando lo veían pero, algunas veces, él ni siquiera giraba la cabeza para mirar a esa persona. En otras ocasiones, en cambio, llegaba alguien y, de repente, Bhagavan le irradiaba bondad con una mirada procedente de alguna lejana y eterna vacuidad en la que acababa de sumirse. Cuando venían esas personas agraciadas, él se interesaba por su bienestar con mucho detalle y amabilidad. Con el paso de los años me di cuenta de que era especialmente amable con las personas que venían de países lejanos, los ancianos y los niños.

Una vez, un devoto le preguntó a Bhagavan por qué ignoraba a mucha de la gente que lo visitaba: «Mucha gente se postra ante ti todos los días pero, a la mayoría, ni siquiera te esfuerzas en mirarlos». «¿Qué sabrás tú de eso? —le espetó Bhagavan con tono de enfado—. Antes de que ellos me saluden a mí, yo ya los he saludado desde dentro».

No era raro que Bhagavan se mostrara tan molesto cuando algún devoto se lamentaba de algo: una pequeña queja podía provocar una airada reprimenda. En una ocasión, por ejemplo, un visitante apareció por la mañana temprano y le comentó: «Un perro se ha pasado toda la noche ladrando y hacía tanto ruido que no me ha dejado ni meditar». Bhagavan le respondió: «No había ningún perro que ladrara: era tu mente la que ladraba».

La gente que venía a verlo era de muy distinta índole: millonarios, altos cargos, mendigos, ascetas, peregrinos devotos, mujeres hermosas y de muchos más tipos. Aunque todos querían que Bhagavan se fijara en ellos, ninguno descubrió jamás la manera de conseguirlo. Algunos venían, le hacían muchas preguntas y no lograban sacarle ni una sola palabra pero, mientras lo intentaban, Bhagavan llamaba inesperadamente a otra persona para interesarse por su situación y hablar de muchas cosas con ella. A veces, se mostraba muy irritado con alguien sin razón aparente y lo trataba con aspereza; otras, regañaba a alguien delante de todo el mundo o se mofaba de esa persona hasta que todos los presentes acababan riéndose de ella.

Una vez, un devoto, al volver a su casa después de haber visitado el ashram, soñó que Bhagavan le pedía que volviera. Aunque al devoto no le venía nada bien regresar, se apresuró a volver al ashram y, cuando entró en la sala, Bhagavan no sólo no se dignó a mirarlo sino que, además, estuvo varios días sin sonreírle ni preguntarle qué tal estaba. En cambio, durante esos días, estuvo muy afable con otros muchos devotos, los trató con mucho cariño, interesándose por su situación, mientras que ignoraba al devoto que acababa de regresar.

Era frecuente que Bhagavan prestara atención a personas que, a mi parecer, no hacían más que vanagloriarse. Una vez, me fijé en un hombre que, aparentemente, se consideraba muy importante y que estaba sentado delante de Bhagavan con un libro, un lápiz y un papel. Después de hacerle una pregunta a Bhagavan, miró a toda la gente que tenía a su alrededor como evidente prueba de su gran orgullo. Sorprendentemente, Bhagavan le habló largo y tendido sobre una cuestión insignificante. Sin embargo, al mismo tiempo que sucedían estas cosas, otras personas que habían venido de lugares lejanos con el tiempo justo tenían que esperar días enteros para que les aclarara sus dudas.

Para un observador que no tuviera información sobre aquel lugar, lo que sucedía, se hacía y se decía en aquella sala resultaba con frecuencia de lo más extraño o irracional. Ello se debía a que ese observador no sabía que el poder de Bhagavan lo orquestaba todo de tal manera que allí siempre sucedía todo lo que se necesitaba que sucediera. Un hecho inexplicable podía constituir un mensaje para un devoto que estaba en la sala, devoto que apreciaría la importancia de ese hecho y, como consecuencia, vería aumentada su devoción o su fe. En cambio, todas las demás personas que estábamos allí, como ignorábamos todas esas circunstancias, nos quedábamos sencillamente perplejas. También podía ocurrir que Bhagavan se diera cuenta de que a un devoto que estaba sentado delante de él se le hinchaba el ego y, entonces le reñía de alguna forma. Aunque todos los que estábamos allí podíamos interpretar aquello como un ataque sin razón, desde el punto de vista de Bhagavan eso era lo que ese devoto necesitaba en ese momento.

Personalmente, fui testigo de un incidente que desencadenó una reacción en Bhagavan que solo comprendieron dos personas. Un amigo mío llamado Dharmapuri, que no creía en los suamis, vino a conocer a Bhagavan y, como había decidido de antemano que no se postraría ante él, se pasó el poco tiempo que duró su visita dando vueltas por el ashram en vez de estar sentado en la sala con Bhagavan. Al anochecer, como era verano, sacaron el sillón de Bhagavan al patio donde está el pozo: Bhagavan salió de la sala, se sentó en él y los devotos nos sentamos en el suelo cerca de él. Dharmapuri, que estaba paseando cerca de allí en ese momento, al ver que Bhagavan estaba allí sentado, sintió un deseo irresistible de postrarse ante él: su determinación de no hacerlo se esfumó en el momento en que se tiró a lo largo de los pies de Bhagavan que, al percatarse de lo que hacía, empezó a reírse a carcajadas. Ningún devoto, excepto yo, sabía por qué se reía de repente, y todo el mundo miraba para todos lados intentando descubrir la causa de su risa.

En algunas ocasiones, Bhagavan nos sorprendía al contarnos, con toda seriedad, que había algunos jñanis y siddhas que adoptaban forma de animales para ir a visitarlo al ashram. Annamalai Suami me contó el caso de uno de esos extraños animales que se apareció a los devotos. Una noche de luna, había varios devotos que estaban haciendo la circunvalación a Arunáchala, cantando los Vedas. De repente, vieron que había un leopardo en medio del camino mirándolos fijamente. Obviamente, los peregrinos se quedaron helados de miedo, incapaces de seguir cantando, de seguir caminando o de echar a correr. El leopardo se quedó mirándolos tranquilamente durante mucho tiempo hasta que, finalmente, cruzó el camino y desapareció en la selva. Los devotos, convencidos de que se habían librado de un ataque por los pelos, completaron el circuito alrededor del monte y regresaron al ashram. Por su parte, Bhagavan escuchó con atención el relato de su encuentro con el leopardo y les sorprendió con la siguiente observación: «No había por qué tener miedo. Ese leopardo era un jñani que había bajado de la montaña para escucharos cantar los Vedas y debió de marcharse muy decepcionado porque, del miedo que os entró, dejasteis de cantar. ¿Por qué os dan miedo esas cosas?».


La cita anterior está tomada de «El Poder de la Presencia», volumen 1, páginas 235 hasta la 242 (capítulo titulado «Chalam y Souris»).

Respecto al mismo tema del comportamiento de los jnanis, vienen al caso los dos siguientes versos que aparecen en Padamalai tras el verso ya citado arriba. Dicen:

Aunque un jñani pueda comportarse a veces como un hombre loco en el mundo, está recordando siempre su naturaleza real, la consciencia.

Sólo el conocimiento de la realidad es idéntico en todos los jñanis. Todas las demás cosas serán de muchas naturalezas diferentes.

(Versos 20 y 21 de la sección «El jñani», páginas 169 y 170 en la versión publicada en la colección Ignitus, de la editorial Sanz y Torres)

Debajo de este último verso se cita otro fragmento del libro «El Poder de la Presencia», donde se le pregunta a Ramana Maharshi sobre este tema y da una breve respuesta:

Pregunta: A pesar de ser un jñani, Janaka fue un rey que se ocupó de su reino. En cambio, Yajñavalkya, su gurú, que también era un jñani, renunció al mundo y se fue a vivir al bosque. ¿Por qué?

Maharshi: Todo sucede de acuerdo con el destino de cada jñani. Krishna disfrutaba de los placeres, mientras que Sukadev era un asceta. Janaka y Rama fueron reyes mientras que Vasishta fue partidario de las actividades. Todos fueron jñanis: interiormente, todos experimentaban lo mismo pero, externamente, la vida de cada cual se desarrolló según su respectivo destino.


La breve cita anterior está tomada de «El Poder de la Presencia», volumen 1, página 301 (capítulo titulado «Suami Mádhavatirth») y también de «Padamalai» (sección «El jñani», página 170 en la versión publicada en la colección Ignitus, de la editorial Sanz y Torres).

Así pues, el jñani no es distinguible mediante la observación de su conducta, pues la verdad no puede medirse observando las apariencias. Unas palabras de Ramesh Balsekar ilustran este punto, aunque se refería al tema del placer:

La diferencia entre el sabio y la persona común en cuanto al disfrute de los placeres sensuales es que, mientras la persona común está constantemente en busca de dichos placeres, el sabio no anhela esos placeres, sino que los disfruta con entusiasmo cuando ellos se presentan en el transcurso de la vida. El sabio no busca el placer ni lo rechaza cuando se presenta. En otras palabras, no discrimina deliberadamente entre lo aceptable y lo inaceptable: él está abierto a ambos en el transcurso normal de su vida diaria. Cuando hay que hacer una elección, el organismo cuerpo-mente (del sabio) continúa eligiendo de acuerdo con las circunstancias, de acuerdo con sus tendencias y características naturales, sin pensar en bueno y malo…

De este modo, el sabio Ashtavakra dice: La ausencia de apego (no la abstención del placer) hacia los objetos sensoriales es la liberación; la pasión por los objetos sensoriales es la esclavitud. Comprende este hecho y luego haz lo que quieras.

Cita copiada del blog de Mariela, donde se aborda un poco más ampliamente: http://mariela-concienciapura.blogspot.com/2010/12/no-importa.html

En cuanto a la anterior larga cita sobre determinados incidentes con Ramana Maharshi, no siempre es cómodo visitar a un jñani, pues el jñani fluye según lo que sea necesario (beneficioso) para el despertar de todo aquel que se le aproxime; a veces el ego necesita que se le den algunos "azotes" (un especialista en "azotes" fue, según cuentan, U. G.), pero cuando el jñani regala algo, es siempre amor, independientemente de lo que parezca al durmiente. En cualquier caso, si surge incomodidad, tal incomodidad es sólo para el ego, si bien al identificarse uno con el ego puede darse por aludido.

La única manera de conocer al jñani no es observar ni imitar su comportamiento, sino conocerse a uno mismo y así unirse a él. Pues en la paz interior todos somos Uno y no hay apariencias que engañen, ni nadie a quien engañar.

¡Saludos!
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7 comentarios:

  1. Interesante lo de que había algunos jñanis y siddhas que adoptaban forma de animales para ir a visitarlo al ashram, solo lo había escuchado en relación a los "Naguales".

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  2. Hola a ambos, Juan y Confuso.

    Me alegra que os haya gustado. A mí también me parecieron fragmentos interesantes (para no encasillar al jñani, pues un jñani sólo es comprensible intuitivamente, no conductualmente) y por eso los posteé, por si a alguien más le agradaba leerlos.

    Saludos

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  3. Gracias por estos fragmentos.

    Forma y contenido:
    "interiormente, todos experimentaban lo mismo pero, externamente, la vida de cada cual se desarrolló según su respectivo destino."

    Las formas, símbolos o apariencias difieren, lo inmanente en cada uno o más allá de cada uno, es inmutable.
    La forma aparentemente contiene, si la forma es trascendida deja entonces de concebirse como algo real, el contenido es desbordado o rebasado, y la forma se convierte en contínua disolución, después de esto ya no hay ni forma ni contenido, todo se vuelve la misma cosa.

    Saludos,
    Yule.

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  4. Gracias a ti, Yule. Aprovecho para comentar que a este post se le ha añadido una MINI-ACTUALIZACIÓN, señalizada en negrita, contextualizando mejor la anécdota en relación a Chinnasuami (era hermano de Ramana).

    Saludos

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  5. GRACIAS POR COMPARTIR PROFUNDOS CONOCIMIENTOS, ME HE TOMADO LA LIBERTAD DE ENLAZAR SU BLOG A MI BLOG PARA CONTINUAR ESTAS LECTURAS DE GRAN INTERES PARA MI CRECIMIENTO ESPIRITUAL Y MI DESARROLLO HUMANO EN BUSCA DE MI SI MISMO O DE MI SER. http://wwwarteuan.blogspot.mx

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  6. Bienvenida, Maestra Lupita.

    Un abrazo y mucha felicidad.

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