viernes, 3 de febrero de 2012

Dichos, anécdotas y milagros de Ramana Maharshi

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Los diversos fragmentos que forman este post han sido tomados del libro «El Poder de la Presencia», Volumen 1, de David Godman. Uso la versión publicada en España por la Editorial Trompa de Elefante (web), del año 2011.

En colores pondré las diversas citas del libro. Cuando no se especifique nada, el narrador es Rangan. Tanto él como su familia fueron devotos de Ramana. Rangan fue, además, amigo de la infancia de Ramana, se conocían desde niños. Posteriormente tuvo ocasión de convertirse en un gran devoto de Ramana, además con la buena fortuna de poder estar con él numerosas veces a solas, recibir algunas confidencias tanto de Ramana como de la madre de Ramana, etc. Este devoto hablaba con Ramana de manera muy informal porque, al contrario que la mayoría de los otros devotos, no se sentía intimidado ante Ramana porque habían sido amigos desde la infancia. La narración de Rangan la pondré en este color azulado, mientras que cuando se citen palabras entrecomilladas de Bhagaván Sri Ramana Maharshi, las pondré en este color violáceo.

Una vez le escuché hacer una interesante observación sobre los gñanis y sus poderes:

«Hay dos tipos de gñanis: los siddhas y los suddhas. Los siddhas saben que tienen poderes extraordinarios. En cambio, los suddhas, que también los tienen, no tienen ni idea de que los tienen».

En mi opinión, Bhagaván se incluía a sí mismo en la categoría de suddha porque el poder fluía a través de él y se manifestaba de múltiples, extrañas e inexplicables maneras, pero él nunca fue consciente de que provocara ninguno de los hechos maravillosos que le atribuían sus devotos.



Bhagaván aludió al poder del gñani cuando me dijo: «Un gñani puede dejar el cuerpo cuando le apetece. Cuando le llega el momento de dejarlo, el dios Iama [la deidad de la muerte en el hinduismo] viene a verlo y, manteniéndose de pie a cierta distancia, le pregunta: "¿Quieres venir, por favor?". Si el gñani le contesta: "No, aún no", el dios Iama se ve obligado a marcharse sin él».



Bhagaván desempeñó muchos papeles a lo largo de los años que estuvo entre nosotros. A veces era el niño; otras, el padre severo; a veces parecía todo un erudito pero, en otras ocasiones, aparentaba no saber nada de nada. Con ninguno de estos papeles se olvidó jamás de quién era realmente. Solía decirnos: «Si un actor hace de mujer en una obra de teatro, ¿en algún momento se olvida de que es un hombre? De igual manera, el gñani jamás se olvida de que él es el ser».



«Bhagaván, ¿es cierto que los gñanis conocen los tres aspectos del tiempo: pasado, presente y futuro?».

Bhagaván respondió: «Para ellos, eso es una nimiedad. Saben todo lo que sucede en los tres estados —vigilia, sueño y sueño profundo— y también todo lo que sucede en el mundo». (...)



Una vez recibieron la visita de un grupo de monos, encabezados por Nondi, un mono amigo de Bhagaván desde años atrás:

Bhagaván acarició la cabeza del rey mono y dijo: «A este chico cojo le han hecho rey hoy y ha venido a darme la buena nueva». Como algunos de los devotos no conocían la historia de Nondi, «el chico cojo», Bhagaván la volvió a contar para que todos entendiéramos a qué se refería.

«Este mono era joven cuando yo estaba en la cueva Virupaksha. Un día, los demás monos lo mordieron y se marcharon, dejándolo lleno de heridas. El pobre vino a verme malherido y yo lo cuidé hasta que se recuperó. Por entonces, yo ya sabía que un día este mono se convertiría en rey, y eso es lo que ha pasado hoy. Por lo general, los monos no aceptan a un mono que ha sido cuidado por un ser humano, pero a este lo volvieron a aceptar en la tribu después de que se recuperara».



Ingiriendo veneno

Al hablar con él, me di cuenta de que las encías se le habían reducido mucho. «Eres más joven que yo —le dije—. ¿Por qué tienes tan mal la dentadura?». Bhagaván respondió: «Una vez, una persona me dio veneno para ponerme a prueba. Aquello no me mató pero me desgastó las encías».

Más adelante en el libro, David Godman resume brevemente en una nota este incidente del veneno:

Cuando Bhagaván vivía en la colina, un sadhu intentó envenenarlo movido por los celos. Bhagaván se tragó el veneno siendo plenamente consciente de lo que hacía pero casi no le hizo ningún efecto. Le pregunté personalmente a Ramanasuami Pilai sobre este incidente, ya que él estaba presente ese día, y me dijo que Bhagaván se quedó sentado, inmóvil, «resplandeciente como Buda».

El verso (de Sivaprakasam Pilai) al que alude la nota acaba bellamente con estas palabras:

Benditos sean los pies del Ser para el que hasta el veneno es néctar.



Inconsciente del dolor

En una de mis visitas a Skandáshram me di cuenta de que Bhagaván tenía la pierna llena de sangre. Se acababa de bañar y se estaba secando con una toalla. «¿De qué es esa herida?», le pregunté, muy preocupado. Él no se había dado ni cuenta y me respondió: «Pues no lo sé». «Bhagaván, ¿cómo puede ser que ni siquiera te des cuenta de que la pierna te está sangrando?». Me sorprendía que no fuera consciente de una herida tan grande. Tras considerar todas las posibilidades, Bhagaván constató: «Se me debe de haber caído un trozo de carbón del incensario y me ha hecho una quemadura». Fui a buscar una pomada, que le apliqué en la herida, y pensé hasta qué punto Bhagaván está distanciado de su cuerpo, pensamiento que se vio reforzado por otro incidente que se produjo un día en que Bhagaván y yo íbamos caminando por la senda del bosque que rodea a la montaña. De repente, pisé un pincho y, cuando Bhagaván se dio cuenta de que me había quedado rezagado, se detuvo, regresó donde yo estaba y me quitó el pincho del pie. A los pocos metros, fue él quien pisó un pincho. Corrí hacia él, le levanté el pie y me quedé perplejo al ver su planta del pie plagada de espinas, algunas de hacía tiempo y otras más recientes. Levanté su otro pie y descubrí que tenía otros tantos pinchos clavados.

«¿Qué espinas piensas quitar? —me preguntó entre carcajadas—, las viejas o las nuevas?». Entonces aplastó el pincho que se acababa de clavar contra el suelo, con ese mismo pie, y siguió caminando tan contento, acompañado por mí. ¿Qué mejor prueba puede haber de que Bhagaván no tenía nada que ver con su cuerpo? Echando la vista atrás, creo que Bhagaván permitió que yo le viera comportarse de esa forma para que me quedara bien claro que había dejado de identificarse con el cuerpo por completo.

(...)

El hecho de que Bhagaván fuera capaz de caminar sin reparar en los pinchos que se le clavaban no significaba que no tuviera la piel sensible. Me di cuenta de eso con la llegada de algunos devotos que iban de peregrinaje a Pandharpur y que se quedaron a comer en el áshram. Antes de marcharse, fueron a despedirse de Bhagaván y le abrazaron, de lo cual me aproveché para abrazarle yo también. Al abrazarle, vi que la piel de su cuerpo se había puesto roja.

«¿Qué te ha pasado? —le pregunté—. ¿Por qué se te ha puesto la piel tan roja?». Bhagaván respondió: «Es que me han abrazado como si estuvieran abrazando a la estatua de la divinidad en Pandharpur y, allí, el dios es de piedra pero, aquí, el cuerpo tiene piel, y la naturaleza de la piel es ponerse roja». Llegué a la conclusión de que el cuerpo de Bhagaván es tan puro y delicado que cualquier roce le dejaba una marca.

Bhagaván no era consciente del dolor corporal. Sencillamente, no le afectaba el dolor. De hecho, es posible que experimentara más dolor que cualquiera de nosotros ya que no sólo padeció muchas enfermedades dolorosas sino que también experimentaba dolor cuando se le acercaban algunas personas. En una ocasión me contó que, cuando algunas personas llegaban para inclinarse ante él, físicamente sentía como si lo apalearan. Me imagino que debía de tratarse de unos pecadores tremendos para que Bhagaván se viera afectado de semejante manera.



Él prefería estar sentado, en silencio, sin que le molestaran con preguntas, porque ese era su estado natural. Una vez me dijo: «Yo estoy donde no hay palabras». «Entonces, ¿por qué hablas?», le pregunté. «Por compasión», me respondió.



Durante una de sus excursiones a la cima de la montaña a la que yo lo acompañé, Bhagaván convirtió uno de mis comentarios en un pequeño upadesa [enseñanzas transmitidas oralmente]. Al mirar hacia abajo, comenté: «Vistas desde esta altura, todas las cosas, todas las criaturas, parecen iguales». Bhagaván, además de opinar lo mismo, le dio un toque filosófico a mi afirmación: «Así es. A medida que vayas ascendiendo, verás que todas las cosas son iguales». Más tarde, mientras caminábamos por la colina, me señaló una de las principales diferencias que había entre nosotros: «Tú siempre deseas algo más, lo que sea. Yo nunca deseo nada».



Según mi carta astral, 1921 estaba destinado a ser un año especialmente malo en mi vida y Bhagaván me dijo muchas veces que no debía alejarme de él en esa época, con lo cual parecía dar a entender que aquél período iba a ser potencialmente conflictivo para mí. (...)

(...)

En cambio, Bhagaván no parecía tener mucha fe en su propia carta astral. En una de mis visitas al áshram, Sri Ganapati Muni analizó su carta y predijo que, al mes siguiente, se marcharía de peregrinaje. Durante mi siguiente visita al áshram, le pregunté a Bhagaván si había realizado el viaje que le habían predicho. «Vio mi carta astral y predijo mi futuro —me respondió Bhagaván—. Pero esa carta astral ya no me corresponde: yo he vuelto a nacer». Suponiendo que aludía a su Iluminación, le pregunté: «Alcanzaste la Iluminación cuando vivías en Madurai, ¿verdad?». Bhagaván me contestó: «Cuando era estudiante, de repente me vino a la mente el pensamiento de Arunáchala. Tuve la sensación de que me ardía todo el cuerpo. A partir de ese momento, estuve en samadhi. Aunque jugara y hablara contigo, estaba en samadhi».



Durante muchos años, pasé largas temporadas con Bhagaván; en ocasiones pasé muchas noches junto a él. No sé si esto tendrá alguna importancia pero me gustaría dejar por escrito que jamás le vi bostezar ni estirarse para relajar el cuerpo.



Resurrección atribuida a Bhagaván

El siguiente incidente fue lejos del áshram, pero como la familia de Rangan eran muy devotos de Ramana, no se olvidaban de recurrir a él en los momentos de dificultad (es uno entre varios relatos que describe previamente):

Mi hija mayor desarrolló un trastorno mental y se cayó en un pozo. Nos dimos cuenta de que había desaparecido pero no teníamos ni idea de qué le había sucedido. La buscamos por todo el pueblo hasta que se nos ocurrió mirar en el pozo. En la primera inspección, no descubrimos su cuerpo pero, ante la insistencia de mi esposa de que siguiésemos inspeccionando, la buscamos de nuevo y la encontramos. Cuando la sacamos a la superficie, nos dimos cuenta de que ya estaba muerta. Al ver su cuerpo sin vida, mi mujer corrió hasta casa e imploró ante la foto de Bhagaván:

«Bhagaván, si es verdad que todos estamos sanos y salvos exclusivamente por tu gracia, haz que mi hija vuelva a respirar». Después de pronunciar estas palabras, aplicó la vibhuti [ceniza sagrada; en este caso procedente del áshram de Ramana Maharshi] al cadáver y, casi inmediatamente, nuestra hija comenzó a respirar de nuevo.



Durante una visita familiar al áshram de Ramana, la esposa de Rangan, Chellamma, estaba padeciendo porque en aquella época tenía unos dolores intensos en la espalda.

El doctor del áshram nos dijo: «Le voy a poner una inyección pero no estoy seguro de que ese problema se pueda curar». El doctor le puso la inyección y le recomendó que se tumbase. Aún así, ella decidió sentarse junto a Bhagaván: al cabo de un rato, le dio una especie de ataque y se desmayó. La llevamos a casa de un amigo y la tumbamos. Estaba tan enferma que mucha gente en el áshram temía por su vida pero, por fortuna, se recuperó rápidamente, hasta el punto de que pudo regresar al áshram a la mañana siguiente.

Bhagaván me preguntó: «¿Cómo se encuentra Chellamma? Creo que ya no tiene dolores». Al decir esto, agitó las manos en el aire y, a partir de entonces, mi esposa no volvió a padecer dolores en la columna.



En una de mis visitas a Skandáshram, Bhagaván me dijo: «He alcanzado lo que tengo que alcanzar. Ahora ya no me queda nada por alcanzar: puedo vivir como quiera». «Entonces, ¿te traigo una chica y te caso con ella?», le dije bromeando. «Vale, lo que tú quieras», me respondió.



En una ocasión, Rangam, tras haber ido a la ciudad de Kumbakonam por temas de negocios, decidió ir a visitar unos días a Bhagaván en el áshram:

Me quedé algunos días y, después, decidí que ya era el momento de marcharme pero, al despedirme, me sentí muy desconsolado y me puse a llorar. Al verme así, Bhagaván me dijo: «Tú te imaginas que has venido desde Kumbakonam y que, ahora, te vas a Madurai. Estás donde siempre has estado: es decir, en el mismo sitio. Ahora estás en un estado de júbilo porque estás conmigo pero, cuando cuando hayas alcanzado el estado del Ser por ti mismo, te darás cuenta de que yo no tengo nada de especial. Entonces, sabrás que tú también eres el Ser».



Hasta aquí han sido fragmentos de los relatos de Randam. En próximos posts añadiré de manera independiente algunás anécdotas y explicaciones que dio Ramana, que al ser un poco más amplias alargarían demasiado este post. Pero sí voy a finalizar con otras dos breves situaciones, esta vez narradas por Sadhu Natanánanda:

Algunas personas se quejaban de que Bhagaván nunca reprendía en público las conductas deficientes de algunos de sus devotos.

Al percatarse de la desesperación de una de estas personas, Sri Bhagaván reveló su punto de vista al respecto con las siguientes palabras: «¿Quién debe corregir a quién? ¿No es el Señor el único que tiene autoridad para corregir a todo el mundo? Lo único que puede hacer cada cual es corregirse a sí mismo. Eso, en realidad, es corregir a los demás».



Apuntando a su propio cuerpo, decía: «Vosotros creéis que esta forma falsa es mi forma auténtica. ¡Si consideráis que este espurio Ramana es el sádguru [del Glosario del libro: guru significa: maestro espiritual; sádguru significa: guru plenamente iluminado establecido en sat, existencia pura], vaya decepción os vais a llevar cuando desaparezca al final de sus días! No me echéis la culpa entonces. Yo ya os he dicho lo que se tiene que decir. De vosotros depende que recordéis esto o que lo ignoréis en el futuro».



Y hasta aquí hemos llegado por ahora.

¡Saludos!
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4 comentarios:

  1. Que maravilla gracias Toni, ayer me compre el libro lo eterno en el tiempo de fotos y texto sobre Ramana, solo ver las fotos fue algo irresistible a traves de esa mirada del Maharishi. Saludos :)

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  2. Gracias por el esfuerzo para compartir esto.

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  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  4. Gracias por este Blog. a sido muy gratificante para mi acercarme a estas experiencias de Sri Ramana.

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